Los hombres libres siempre son solos.

Aplaude al abismo de la mente.

Regalale una mueca a la trampa.

Año 2000 D.C.

 

I

Todo ocurría cuando me quedaba solo, no sé porque, mientras me sentía participar de una caída infinita y fastidiosa, naturalmente los prejuicios desaparecían de mi sangre… esas verdades falsas; la indiferencia y el pánico se apoderaban de mis sentidos, mis ojos eran como espejos y mis pasiones se despedían una a una, lentamente.

Las ideas corrían la misma suerte y se disgregaban, jugaba con ellas en mi decadencia filosófica y conceptual, volviéndome al final, incapaz de alguna dialéctica o éxtasis lírico; a un alto precio, creía pagar así, mi libertad.

Mi hogar debía estar cruzando la frontera, en la otra orilla del universo. Sin embargo, ya no podía adorar sin ironías, metafísicamente extranjero me había quedado sin empleo, sin mis múltiples y confusos ardores no había más cumbres ni abismos que ofrecerle a mi hambrienta alma desesperada por participar de acontecimientos, sucesos y sueños; tantos dolores mudos e infinitas angustias a mi alrededor… como para quitarme cualquier ingenuo entusiasmo… tenía suficiente espectáculo de malditos problemas como para una eternidad.

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