Los grandes logros que conseguimos individualmente y los conseguidos por la humanidad en su conjunto son debidos a la fuerza del deseo. Desear es vivir y vivir es desear. Ahora bien, ¿desear qué, para qué, cómo, cuándo?

La fuerza del deseo debe ser domesticada por la inteligencia, por la sabiduría y por la compasión.

En sí mismo, estimulado sin ninguna dirección ni propósito, el deseo es un fuego destructivo, un fuego emocional es más peligroso y destructor que el fuego físico. Así como hemos aprendido a manejar el fuego y convertirlo en una fuerza benéfica, debemos aprender a controlar y dirigir la fuerza del deseo. Vemos lo que un incendio descontrolado puede provocar en los bosques y en las ciudades: después del resplandor cegador vienen las cenizas. La economía de mercado está incendiando el planeta estimulando un deseo insaciable en los seres humanos, incitándonos a producir y consumir sin más dirección ni sentido que la obtención de un beneficio material rápido.

Aún vivimos una especie de “belle époque”, pero tras el resplandor de las luces de consumo acechan las cenizas. (…)

Ganamos cuentas de colores, un bienestar ficticio, y a cambio nos perdemos a nosotros mismos. A todas luces se trata de un mal negocio para la inmensa mayoría de los seres que poblamos este planeta.

Zen en la Plaza del Mercado

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