Cuando a los hombres modernos se les dice que Dios no es una mera palabra sobre la que se puede discutir y argumentar, sino un estado de conciencia que podemos advertir aqui y ahora, en la carne, enarcamos las cejas; 

cuando algun vidente espiritual nos dice pausadamente que entre nosotros viven hombres que conocen a Dios, nos llevamos el dedo a la sien, significativamente. 

Finalmente, cuando se nos asegura que llevamos lo divino dentro de nuestros pechos, y que la divinidad constituye nuestro ser verdadero, nos estiramos con petulancia. 

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