“Ser y ser plenamente, tal es el fin que la Naturaleza persigue en nosotros… y ser plenamente, es ser todo lo que es”.

La totalidad es para nosotros necesaria porque nosotros somos la Totalidad; el ideal que nos reclama, el propósito que mueve nuestros pasos, no se hallan en verdad adelante; no tiran de nosotros, sino que nos impelen, están atrás, y adelante, y adentro. La evolución es el eterno brote de una flor que ha sido flor desde siempre jamás. Sin esta simiente en el fondo, nada se movería, porque nada tendría necesidad de nada. Esa es la Necesidad del mundo.

Ese es nuestro ser central. El es el hermano de luz que surge a veces cuando todo parece zozobrar en la desesperanza, la soleada memoria que nos da vueltas y revueltas y que no nos dejará punto de reposo hasta que hayamos recobrado todo nuestro Sol. Ese es nuestro
centro cósmico, así como lo psíquico era nuestro centro individual. Mas este ser central no se sitúa en algún lugar de algún punto; él está en todos los puntos; se halla, de modo inconcebible, en el corazón de toda cosa y abraza todas las cosas a un tiempo; está supremamente dentro, y supremamente arriba, y abajo y por doquiera, es un “punto gigante”.

Y cuando lo hemos hallado, lo hemos hallado todo, todo está en él; el alma adulta vuelve a su origen, el Hijo vuelve a ser el Padre; o más bien el Padre, que había venido a ser el Hijo, vuelve a ser El mismo: “Los muros que aprisionaban nuestro ser consciente han caído por tierra, demolidos; todo sentimiento de individualidad y de personalidad se ha perdido, toda impresión de situación en el espacio y en el tiempo y en la
acción y en las leyes de la Naturaleza, desaparece; ya no hay ego, ni persona definida y definible, sino solamente la consciencia, solamente la existencia, solamente la paz y la beatitud; uno viene a ser la inmortalidad, viene a ser la eternidad, viene a ser la infinitud.

Del alma personal ya no queda sino un himno de paz y de libertad, una beatitud que en alguna parte vibra en lo Eterno.

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