El ser humano original era un ser magnífico, cuyas doce hebras de ADN habían sido donadas por una variedad de civilizaciones sensibles. Cuando llegaron los nuevos propietarios, trabajaron en sus laborato­rios y crearon versiones de humanos con un ADN diferente —el ADN de dos hebras, de hélice doble—. Cogieron el ADN original de la especie humana y lo diseccionaron. El diseño original del ADN permane­ció en las células humanas, pero sin funcionar; fue desconectado.

Dentro de las células humanas hay filamentos con códigos de luz, hebras muy finas de energía que trans­portan información. Cuando estas hebras trabajan jun­tas como un cable —como las fibras ópticas— forman la hélice de tu ADN. Cuando fuisteis reordenados, se os dejó con una hélice doble. Todo aquello que no fuera necesario para la supervivencia y que os pudiera proporcionar información fue desconectado, y se os dejó tan sólo una doble hélice que os mantiene dentro de frecuencias controlables y operables.

Una valla de frecuencia, algo así como una valla eléctrica, fue colocada alrededor del planeta para con­trolar la medida en que las frecuencias de los huma­nos podían ser moduladas y cambiadas. Según la his­toria, esta valla de frecuencia dificultó la entrada de las frecuencias de luz (información). Cuando las fre­cuencias de luz lograban atravesar la valla de control, no había luz para recibirlas. El ADN de los humanos estaba desconectado, los filamentos con códigos de luz ya no estaban organizados, de manera que los rayos cósmicos creativos que traían luz no tenían con qué conectar ni a qué agarrarse.

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