Dime, amigo que predicas

todo el tiempo a viva voz…,

¿por qué es que tanto platicas
y platicas sobre Dios?.
Hablas y hablas con fervor
en la plaza y en el templo…;
más…¿no sabes que es mejor
predicar con el ejemplo…?
Tú…, que a Dios tanto lo nombras…,
¿dejaste atrás tu penumbra…?
¿Ya has transmutado tu sombra
en la luz que más alumbra…?
Dime…, acaso la frecuencia
que irradia tu corazón…,
¿es de paz…, es de inocencia,
y es de dulce aceptación…?
¿Emites esa energía
del que ha alcanzado la cumbre
que no se alcanza en un día:
la de la alta mansedumbre…?
¿Percibe aquél que te mira
que en ti no hay vetas pequeñas,
ni dobleces ni mentiras,
y que vives lo que enseñas…?
Porque el buen predicamento
no está en la verba grandiosa:
¡se encuentra en el sentimiento
de una mirada piadosa…!
Para eso, en primer lugar,
hay que vibrar elevado…
(¿puede enseñar a pescar
aquél que nunca ha pescado…?)
Y es que ayudar al hermano
no consiste en un sermón:
¡consiste en tender la mano
y en abrir el corazón…!
Porque en la Nueva Energía
no hacen falta frases sabias,
ni sermones ni homilías…:

¡enseñas con lo que irradias!

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