El despertar no significa sólo empezar a creer que eres “nadie” o “nada”, tampoco que te has dejado de identificar con las realidades relativas de la vida – el hambre, el dolor, la felicidad, la pérdida – ni que has perdido la compasión por los demás en cuanto a su dolor y su intensa lucha, más bien, significa redescubrirte a ti mismo como esa ilimitada vastedad, no identificable, en donde cada pensamiento, sensación y sentimiento tiene un hogar.

No significa “estar bien” con todo lo que pasa en todo momento, o “ser valiente” todo el tiempo, o siempre “estar relajado”, o para el caso, ser algo “permanentemente” porque ¿con qué objeto le pondrías condiciones a aquello que es incondicional? y de cualquier forma ¿quién estaría imponiendo esas condiciones? ¿Por qué imponer esas demandas tan ásperas en la experiencia presente? ¿Por qué querrías vivir bajo una imagen de segunda mano, una imagen meramente efímera?

Afortunadamente, aquello que eres, jamás tiene porqué cumplir con una cierta imagen de cómo “debería” lucir el despertar. Las innumerables e incansables olas del océano que te conforma no pueden ser algo determinado “todo el tiempo” debido a que están vivas – aman bailar, jugar, surgir y disolverse espontáneamente, sin dejar rastro – reconocer esto es el comienzo de ese alivio cósmico para el buscador “de la próxima experiencia” ya exhausto. La vida nunca tiene que coincidir con tu idea de “vida” y es por eso que la vida es en esencia tan serena. Simplemente no hay ningún requisito para que la experiencia presente no sea otra cosa salvo lo que es. Sólo hay ESTO – presente, completo, vacío e íntegro.

Pero, mi lector inteligente y perspicaz, esta perfección inherente no equivale ni a indiferencia ni a apatía. ¡Justamente lo contrario! No se trata de “simplemente dejar que las cosas sean” o de hacer “a través de no hacer nada” o predicar que “no hay un yo” a cualquiera que nos escuche. No se trata de una conclusión mental o de una creencia de segunda mano, o de una forma de bloquear el dolor. Se trata más bien de una actitud de vida, una forma de ser, una visión, que sin importar aquello que aparezca en la experiencia presente – un pensamiento, alguna sensación o un sentimiento – sin importar lo sorpresivo o lo intenso que parezca, estos visitantes encuentran un hogar en ti; todas esas amadas e inseparables olas son bienvenidas en ti. El amor ya no es una idea caprichosa sino una realidad viviente, vibrante y en tiempo real. Los poetas y sabios estaban en lo correcto. El fin de la violencia se encuentra en tu interior. Y desde este sitio creativo y lleno de compasión nos volvemos mucho más comprometidos con la vida que antes, más vivos que nunca, incluso cuando todas las historias y sueños de “mi vida” y “cómo debería ser mi vida” se vayan deshaciendo.

Este amor, este profundo y eterno silencio que eres, es tan vasto que abarca todo. No presta atención a las imágenes acerca de cómo deberían ser las cosas. No trata de impresionar a nadie, no está en busca del reconocimiento, de la aceptación o de su autenticidad. No finge ser algo trascendente, valiente, ni invulnerable al dolor, ni siquiera hace uso de la palabra “espiritual” o “iluminación”, no actúa como si estuviera por encima de todo. No conoce atajos ni trucos ingeniosos, no sabe cómo adormecerse a sí mismo. Solamente sabe ensuciarse las manos poniendo manos a la obra.

Sí, este es un amor sucio. Lo no amado, lo no deseado y lo desconocido se atasca bajo sus uñas. Ama a cada uno de sus hijos, no sólo a los que son hermosos. Es esa madre, ese padre, ese amante, ese gurú que siempre hemos anhelado. Y ama porque es lo único que sabe hacer. Haría lo que fuera por tan sólo estar aquí.

Pretendemos ser valientes y estar más allá de las preocupaciones humanas sólo porque sentimos miedo. Nos comportamos como si estuviéramos en paz y como si fuéramos imperturbables sólo porque hay mucho de eso en nuestro interior. Nos esforzamos por mostrar a los demás qué tan alejados de la ira nos encontramos, sólo porque la ira continúa estando ahí, esperando a ser reconocida. Presumimos nuestros perfectos conocimientos espirituales en público para disimular nuestra perfecta duda secreta. Es un equilibrio perfecto.

¿Quién dejará de fingir? ¿Quién podrá estar en comunión con la “sombra”, con ese “lado oscuro” de la vida tan malinterpretado, esas olas que no son inherentemente negativas o pecaminosas u oscuras, sino sólo negadas y abandonadas y que tanto desean llegar a casa? ¿Quién entrará en comunión con esos hijos huérfanos de la vida? ¿Quién sacrificará la imagen por el deleite de no saber?

Es en verdad un alivio no tener más la necesidad de fingir ser algo – ser “el que ya despertó”, ni “aquel que sabe”, tampoco el “experimentador gozoso” ni tampoco “el experto espiritual” – y en lugar de eso conocernos a nosotros mismos a un nivel mucho más profundo como el hogar de esas partes huérfanas de la experiencia que siempre habíamos pensado que “debían” desaparecer.

Nuestros hijos no queridos no pueden desaparecer hasta que tengan la plena libertad de aparecer en nosotros. Y cuando se sienten completamente libres, ¿quién querría entonces que desaparecieran? Cuando ya no son indeseables ¿habría ahí algún problema? Incluso lo indeseable es aceptado aquí, en la vastedad que somos. Hay suficiente espacio aquí.

Más allá de un despertar, está esta gracia eterna, esta bienvenida inefable, completamente impregnada de amor que recibe todo aquello que surge.

Ensuciándose las manos a más no poder, este amor se purifica a sí mismo.

Jeff Foster

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