La cosmogonía en cuestión es desde el punto de vista de un alma que se eleva por encima de la conciencia del cuerpo en la meditación. Enfocando nuestra atención en el tercer ojo, podemos captar la corriente de Luz y Sonido. El alma, absorta en esa corriente, comienza a trascender la conciencia del cuerpo y del mundo. A medida que nos absorbemos en la luz interna, atravesamos un panorama de estrellas, la luna y el sol internos y llegamos al portal del reino astral, de donde fluye la corriente de Luz y Sonido. Nuestra alma, habiéndose desprendido de su cuerpo físico, viaja en un cuerpo más etéreo y liviano, conocido como el cuerpo astral. La región astral, aunque no es tan sólida como el plano físico, tiene muchas características en común con este mundo, pero en una forma más sutil y más fina. La luz es más brillante allí y la maravillosa corriente de sonido impregna esta región con su propio sonido característico. Infortunadamente, es muy fácil que el alma viajera, quede cautivada y atrapada en esta región. Ya que está llena de numerosas tentaciones que son mucho más fáciles de satisfacer que en el plano físico, porque allí no estamos sobrecargados con el obstáculo del cuerpo físico. A la velocidad del pensamiento, podemos movernos de una a otra área de la región astral, gratificando un deseo tras otro. De ninguna manera esta se puede considerar como una región espiritual y el alma puede perderse en una interminable fuente de placeres. Los santos y místicos tratan de evitar que los discípulos se pierdan en esta región y prefieren guiar al alma más allá, hacia los planos superiores, protegiéndolos de estas distracciones (levitar, hacer milagros, etc.)

El alma viaja de la región astral a la causal. Este plano tiene su propia Luz y Sonido característicos, más brillantes y más melodiosos que los del plano astral. En esta región el alma funciona con un cuerpo causal y una mente causal, mucho más etéreos que el cuerpo y la mente astral y allí se unifica con la Mente Universal. Aunque esta es una perspectiva fascinante, lograr el conocimiento del funcionamiento de los tres planos inferiores, también conlleva un gran peligro para el alma. El poder de la mente es tan grande, que podemos llegar a perdernos en su conocimiento. Podemos quedar atrapados en un estado de interminable creatividad, diseñando nuevos inventos, creando obras en los campos de la música, la poesía, las bellas artes, la danza, la escultura y la literatura. Un guía espiritual es necesario para asegurar que el alma no quede prisionera en esta región. La Mente Universal hace todos los esfuerzos posibles para mantener al alma entre sus garras, porque la región siguiente es el reino espiritual, en el cual el alma recupera la conciencia de su verdadera naturaleza. Es sólo con la guía de un viajero interno experimentado como podemos evitar las trampas que enfrentamos en las regiones astral y causal. El explorador interno que conoce el camino, nos llevará a una región llamada supracausal en vez de dejar que nos perdamos en la región causal. En la región supracausal encontramos un lago de néctar llamado el Mansarovar, en el cual el alma se sumerge y se desprende de su cuerpo causal. El alma ahora sólo está cubierta con su cuerpo supracausal, que es apenas un tenue velo que la viste. Esta región está más allá de la mente y los sentidos. No hay absolutamente ningún lenguaje físico que pueda describir el reino supracausal. Tenemos sólo pálidas analogías para hacerlo. Ya que la mente física, astral y causal han quedado atrás en los mundos inferiores, ya no nos sirven aquí. Esta es una experiencia del alma. El plano supracausal también tiene su propia Luz y Sonido característicos para ayudar al alma a reconocer dónde está. En este plano, despojándose del anterior olvido de su verdadera naturaleza, el alma siente verdaderamente: “Soy de la misma esencia de Dios”.


Sin embargo, el alma comprende, que aún queda un velo que la separa del Señor. Surge un fuerte deseo de reunirse con su Amado. No quiere demorarse en la región supracausal. El llamado del Señor es intenso. El alma desea aventurarse más lejos, para llegar a los brazos de su amado Señor que la espera. Siguiendo adelante, finalmente, ella entra en la región puramente espiritual de Sach Khand o Sat Lok (La Verdadera Región), su Hogar Eterno. Con una intensidad mucho mayor que la que siente un amante mundano por su amada, el alma se lanza en los brazos del Señor. Como las limaduras de hierro son atraídas hacia un imán, asimismo, el alma es atraída a la reunión con Dios. La bienaventuranza del Hogar Eterno alcanza una intensidad más allá de la concepción humana. El alma entra en un estado de éxtasis eterno cuando se funde con Dios en esta región. Aquí, el alma experimenta su verdadera naturaleza con regocijo y alborozo. La invade una sensación de libertad y queda maravillada, en un estado de puro deleite. Aunque esta es una analogía pálida, imagínense la sensación que se siente de libertad y paz cuando uno sale de vacaciones. Podemos apagar las alarmas de nuestros relojes, esconder nuestras agendas y simplemente gozar de un estado de relajación y de placer sin límite de tiempo. Aquí el alma encuentra su descanso eterno de los dolores, sufrimientos, tentaciones y desilusiones de las regiones inferiores. Aquí no existe el dolor, ni la tristeza, ni la muerte. Todo es regocijo, amor y felicidad perpetua. Las almas gozan eternamente de su unión con el Señor. El alma ha sido dotada de poder. Entramos en un estado de sabiduría divina sin límites, de amor sin condiciones, de éxtasis, de comunión, de valentía absoluta y de inmortalidad. Aquí existimos como almas completamente realizadas.

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