De todos los engaños que envuelven hoy en día a la humanidad, no he descubierto aun ninguno que haya engañado hasta la fecha a tantas personas de tantos y tan diferentes credos, visiones del mundo, antecedentes políticos o personalidad.

Desde los que saludan con el “Namasté”, sin saber qué es lo que dicen exactamente y cual es el origen del uso, tan extendido en nuestros días, de esa palabra; a los que hablan de un tal “Maitreya” sin conocerlo, pasando por los que se apuntan a talleres de Cabala, como quien se apunta a encaje de bolillos, a los que creen que profundizan en su sabiduría si aprenden a “canalizar” a “sabios maestros del más allá”, o los que leen a Helena Blavatsky creyendo que era una santa y pura, todos han caído, en un grado o en otro, en alguna trampa de la Nueva Era, y su nueva religión mundial.

De hecho, este análisis me ha obligado también a mi a analizar todos y cada uno de mis gestos y palabras o pensamientos, conscientes e inconscientes, que pudieran tener alguna relación con todo esto y de entrada digo que aquí no se salva nadie. Lo importante es enmendar el error a tiempo, no caer más de la cuenta y ver por uno mismo los propios errores.

La receta para todos nosotros es la misma:

1. Habla sólo de lo que entiendas

2. No pronuncies palabras que no sean en tu idioma y cuyo significado desconozcas profundamente.

3. Desconfía de la novedad, las mentiras de hoy, son las mentiras de siempre, revestidas de bondad y salvación para el mundo.

4. No te engañes a ti mismo.

5. Si un nuevo “Maestro” es anunciado por los canales de televisión, puedes estar seguro de que es una farsa, aunque mueva montañas.

6. La única verdad es que todos estamos inextricablemente unidos a nuestro Creador y que no debemos decepcionarle. Para ello hay que ser astutos como serpientes y pacíficos como palomas.

7. No todo lo que provenga del Tibet o la India es ´per se´ sinónimo de pureza, sabiduría, bondad o algo sagrado. Piénsalo; un país con tantos “sabios” por centímetro cuadrado nunca podría alojar la enorme cantidad de pobreza y miseria que hay allí.

8. Las “buenas” palabras pueden encerrar pensamientos puros y pensamientos e intenciones “impuras”. Se requiere siempre un ejercicio posterior de alinear las palabras a los actos, para detectar posibles incoherencias.

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