Diógenes de Sinope con su candil, buscando en su ciudad a alguien verdaderamente inteligente.

Diógenes de Sinope con su candil, buscando en su ciudad a alguien verdaderamente inteligente.

Impecable. (Del lat. impeccabĭlis). 1. adj. Incapaz de pecar. 2. adj. Exento de tacha.

La verdadera inteligencia emerge, aumenta, progresa y evoluciona mediante el autoconocimiento.

Una persona verdaderamente inteligente es aquella que conoce sus debilidades, pasiones e imperfecciones, las combate, doblega, domina, vence, hasta conseguir eliminarlas o transmutarlas.

La verdadera inteligencia está unida a la conciencia, es necesariamente impecable, se inclina por y hacia los dictados de la Conciencia Una, que actúa en cada uno acorde a sus circunstancias.

La verdadera inteligencia es radical, no se conforma con lo aparente, escudriña hasta la raiz de los seres y de las cosas, hasta su esencia, para conocerla, entenderla y comprenderla.

A la verdadera inteligencia, el Mal no consigue engañar, imposible convencer.

Una persona verdaderamente inteligente no se deja inducir, seducir, ni justificar por razonamientos intelectuales, para no cumplir cabalmente con el deber que le impele su conciencia. Hace lo que debe y no lo que conviene.

La verdadera inteligencia, no se presta jamás a ser parte o colaboradora de personas u organizaciones que pretenden privilegios, o que menoscaben la dignidad o los derechos humanos, aún de un sólo ser humano, y a riesgo de ser objeto de burla, desprecio, olvido, prisión o muerte.

La inteligencia no es el intelecto, éste es una potencia que nos permite procesar datos y conceptos concretos y abstractos para su intelección: entendimiento, pero la perfecta comprensión y su aplicación en la practica de los mismos, sólo es posible mediante la inteligencia. He ahí el porqué tantos productos del mero intelecto ocasionan quebraderos de cabeza, consecuencias indeseables, daños colaterales, y toda clase de problemas.

Muchos son los que gustan de ser llamados inteligentes sin serlo, incluso lo reclaman por razón de sus éxitos materiales, en particular los financieros, pretendiendo “vestir” sus argucias y astucias con esta elevada y noble palabra.

Hasta que las personas verdaderamente inteligentes no sean reconocidas como los líderes que pueden ayudarnos a liberarnos de este mal sueño, continuaremos cayendo en las mismas trampas a las que nos conducen líderes instintivos e intelectuales, corrompidos por el deseo de notoriedad, de riquezas y de poder; por el orgullo, la codicia y la vanidad.

Si la inteligencia no es impecable, no es inteligencia.

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