Nos cuesta ejercer el Ser.

Nos resulta difícil, por poco frecuentado,
realizar el simple hecho de Ser.

La mente nos deslumbra con cosas urgentes e impactantes, fundamentalmente con lo diverso. El Ser es monotemático. Al principio aburre.

Nos cuesta creer que el Uno es más que el dos.
Nada desconcierta más que saber y ser. La mente nos lleva por un torbellino de ansiedades e impaciencias, experiencias nuevas, pero siempre inevitablemente frustrantes.

El Ser observa y espera su turno.

El rastreo, descubrimiento e incorporación consciente determinante.

El ego nos programó ocultándonos el poder y la existencia de la Providencia. Nos colocó los becerros
de oro de la suerte, del destino, de la casualidad, de la genética, de lo paranormal; todos ídolos que nos llevaban
indefectiblemente a sentirnos totalmente en manos de un azar indolente.

Esta programación nos hacía esperar siempre y en cualquier momento un cachetazo porque sí, porque se dio así; o también nos hacía sacar a último momento un as de la manga que nos transformaba en triunfadores sin méritos y sin esfuerzo.

¡Cuánto tiempo navegamos en agua de nuestra propia bañera, pensando que estábamos
en un mar desconocido, cuyas olas nos iban a hacer naufragar o por el contrario nos iban a llevar a costas exóticas,
en las cuales nos recibirían nativos deseosos de agasajarnos. Hemos confundido la imaginación, que es legítima, con
la fantasía que es un producto ilegítimo, nacido en una mente curiosa pero no interesada.

Parece que una de las leyes primeras es que todos “somos uno”; esto es fácil de decir pero difícil de experimentar. La ilusión de separatividad es la fuerza más importante que tiene el ego.

Es el argumento falso sobre el cual se apoya todo el andamiaje del ego. Contra la muralla que crea esta ilusión se crean los intentos del yo profundo, de lo esencial, tendientes a que vivamos la unidad. El secreto místico más importante de todos los tiempos y lugares es que solamente existe un Ser (Dios).

Dios no es un Ser, sino que es El Ser; y nosotros somos manifestaciones del Ser, como si dijéramos rayos de ese sol.

Los sentidos se han convertido en servidores del ego y sus informaciones nos confirman en la ilusión de separatividad (yo veo otro hombre, que no soy yo). Si cerramos los ojos sería un poco más fácil aceptar que todos somos uno. La solución es despertar los sentidos internos que son leales al yo profundo y nos darán la información correcta.

La identificación con la mente es nuestra tragedia. La mente nos manda invariablemente al pasado y al futuro,
evitando el presente.

Si yo me identifico con la mente, que me pasea de lo que fue a lo que puede ser, pasaré mi vida en aprontes y partidas: el miedo por lo que me pueda ocurrir y la sensación de culpa por lo que ocurrió me mantendrán ocupado, y mi vida se deslizará inevitablemente sin poder llegar a la profundidad del Ser. Un pasado sin perdón y un futuro sin Providencia ocuparán mi existencia, y mi vida será una parodia de lo que debería haber sido.

Existe un plano de conciencia que compartimos y en el cual logramos la unidad. Vivimos en un mundo hipnotizado
que considera al dos mayor que al uno. La única forma de adelantar en esa concienciación es mejorar cada uno en la
medida de sus posibilidades (que son infinitas), formamos parte de una sola conciencia, lo entendamos o no lo entendamos. Todos los intentos han quedado en intentos porque el ego copó todas las posibles revoluciones.

Sólo una es factible y es la que duerme dentro de cada uno. “El Reino está en el interior de cada uno”.

“Por como me percibo a vivir una auténtica experiencia del Ser, me siento separado de Él, y sin embargo, comprometido y protegido por Él. Me siento fuera de mí mismo, y sin embargo en mí mismo como nunca antes. Ese fuera del cual yo estoy y ese en el que estoy en tales momentos, no son idénticos. Pero los dos coinciden en mí y en todo” K. G. Dürckheim

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