El “ego” es el instrumento para vivir en este mundo. Si “el ego” se rompe o es destruido (por las contradicciones insuperables de ciertas situaciones de la vida, por las toxinas, los cambios químicos, etc.), la persona puede quedar expuesta a ese otro mundo (el interno, de la psiquis).

El mundo en el que se entra y la capacidad de experimentarlo parecen estar
parcialmente condicionados por el estado en que se encuentre el “ego”.
Nuestra época se distingue, más que por ninguna otra característica, por el dominio, el control, del mundo externo y por un olvido casi total del mundo interno.

Sise valora la evolución humana desde le punto de vista del conocimiento del mundoexterno, entonces estamos progresando mucho.

Si la estimamos desde el punto de vista del mundo interno, y de la unidad de lo interno y lo externo, entonces el juicio tiene que ser diferente.

Fenomenológicamente, los términos “interno” y “externo” tienen poca validez.
Pero en todo este campo uno se ve reducido a simples expresiones verbales –las palabras son simplemente el dedo que señala a la luna. En los tiempos que corren, unade las dificultades de hablar de estos temas consiste en que, hoy día, se pone en cuestión la existencia misma de las realidades internas.

Por realidades “internas” entiendo aquéllas que no tienen normalmente una presencia “externa”, “objetiva”: las realidades de la imaginación, los sueños, las fantasías, los trances, las realidades de los estados contemplativos y meditativos…

Realidades de las que el hombre moderno, por lo general, no es en absoluto directamente consciente.

Por ejemplo, en ninguna parte de la Biblia existe ningún argumento acerca de la existencia de dioses, demonios y ángeles. En un principio, los seres humanos no “creían en” Dios: experimentaban Su Presencia, y lo mismo ocurría con otras realidades espirituales. La cuestión no era si Dios existía o no, sino si ese Dios concreto era el más grande entre todos, o el único existente. En la actualidad, lo que se discute públicamente no es la fiabilidad de un determinado Dios, su puesto concreto en la jerarquía espiritual entre los diferentes espíritus, y cuestiones similares, sino si Dios y dichos espíritus existen, o incluso si han existido alguna vez.

Hoy día, la cordura parece basarse en gran medida en la capacidad de adaptarse al mundo externo –el mundo de las relaciones interpersonales, el terreno de la colectividades humanas.

Como este mundo externo está casi alienado por completo de lo interno, cualquier conciencia personal directa del mundo interno comporta graves riesgos.

Pero como la sociedad está hambrienta de lo interno, aunque no sea consciente de ello, es enorme la demanda de la gente de evocar su presencia de una manera “normal”, de una manera que no tenga que considerarse como algo demasiado formal;pero la ambivalencia es también muy intensa. No es sorprendente, pues, que sea larga la lista de los que han naufragado en estos arrecifes, digamos que en los últimos ciento cincuenta años: Hölderlin, John Clare, Rimbaud, Van Gogh, Nietzsche, Antonin Artaud, Strindberg, Munch, Bartók, Schumann, Büchner, Ezra Pound…

Los que sobrevivieron han tenido cualidades excepcionales –una capacidad para el secreto, sagacidad y astucia– y una valoración totalmente realista de los riesgos que corren, procedentes no sólo de los territorios espirituales que frecuentan, sino también del odio de sus semejantes hacia cualquiera que se dedica a esta clase de búsqueda.

Vamos a curarlos. Al poeta que confunde a una mujer real con su Musa y actúa en consecuencia… Al joven que se embarca en un yate a la búsqueda de Dios… Lo externo divorciado de cualquier iluminación proveniente de lo interno se encuentra en un estado de oscuridad. Estamos en la edad de la oscuridad. El estado de las tinieblas exteriores es un estado de pecado, es decir, de alienación o separación de la Luz interior. Determinadas acciones conducen a una mayor separación; otras ayudan a no estar tan alejados. Las primeras son malas; las segundas son buenas.

Son legión las maneras de perderse. La locura es ciertamente una de las menos ambiguas. La contralocura de la psiquiatría kraepeliniana es exactamente la contrapartida de la psicosis “oficial”. Literalmente y hablando absolutamente en serio, ésta es igualmente loca, si por locura entendemos una enajenación de la verdad subjetiva u objetiva. Recordemos la locura objetiva de Sören Kierkegaard.

Actuamos tal como experimentamos el mundo. Nos comportamos a la luz de lo que es y de lo que no. En otras palabras, cada persona es más o menos un ingenuo ontológico: cada persona tiene su punto de vista sobre lo que es y lo que no es.

A mí me parece que no existe ninguna duda sobre el hecho de que se han producido profundos cambios en la experiencia del ser humano en los últimos mil años.

En algunos aspectos, esto es más evidente que los cambios producidos en sus pautas de comportamiento. Todo lleva a sugerir que el ser humano tuvo la vivencia de Dios. La fe nunca consistió en creer en su existencia, sino en confiar en la Presencia que había sido experimentada y se sabía que existía como un dato que se validaba a sí mismo. Parece bastante probable que muchas personas hoy día no experimentan la Presencia de Dios, ni la Presencia de su Ausencia, sino que viven la ausencia de su Presencia.

Necesitamos una historia de los fenómenos, y no simplemente más fenómenos de la historia.

En su estado actual, el psicoterapeuta secular hace frecuentemente el papel del ciego que conduce al medio ciego.

La fuente no se ha agotado, la Llama todavía brilla, el Río todavía fluye, el Manantial todavía brota, la Luz no se ha extinguido. Pero entre nosotros y Eso existe un velo que parece como diez metros de hormigón. Deus Absconditus. O somos nosotros los que hemos huido. Ya todo en estos tiempos está dirigido a clasificar y a separar esta realidad de los hechos objetivos. En esto consiste precisamente el muro de hormigón. Tenemos que abrirnos camino a través de este sólido muro desde el punto de vista intelectual, emocional, interpersonal, organizativo, intuitivo y teórico, incluso a riesgo de sumergirnos en el caos, la locura y la muerte. Porque el riesgo se halla a este lado del muro. No existen seguridades ni garantías.

Muchas personas están preparadas para tener fe en el sentido de una creencia científicamente indefendible en una hipótesis no comprobada. Pocas han tenido suficiente confianza para comprobarla por sí mismas. Muchas personas hacen creer que tienen la experiencia. A pocas se les hace creer por su propia experiencia. Pablo de Tarso fue tomado por el pescuezo, arrojado al suelo, y cegado durante tres días. Esta experiencia directa se validaba a sí misma.

Vivimos en un mundo secular. Para adaptarse a este mundo el niño abdica de su éxtasis (L’enfant abdique de son extase –Mallarmé–). Después de haber perdido nuestra vivencia del Espíritu, todavía se espera que tengamos fe. Pero esta fe se convierte en la creencia en una realidad que no es evidente. Existe una profecía en Amós de que vendrá un tiempo de hambre en la tierra, “no hambre de pan o sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor”. Este tiempo ya ha llegado. Es la época actual. Desde el punto de partida alienado de nuestra pseudocordura, todo es equívoco.

Nuestra cordura no es “verdadera” cordura. Su locura no es “verdadera” locura. La locura de nuestros pacientes es un artificio de la destrucción que nosotros les causamos, y que ellos se causan a sí mismos. No hagamos suponer ya a nadie que encontramos “verdadera” locura ni que estamos verdaderamente cuerdos. La locura que encontramos en los “pacientes” es un gran travestismo, una burla, una caricatura grotesca de lo que puede ser la curación natural de esa integración enajenada que llamamos cordura. De una manera u otra, la verdadera cordura supone la disolución del ego normal, ese falso yo competentemente adaptado a nuestra realidad social alienada. Supone la emergencia de los mediadores arquetípicos “internos” del poder divino y, mediante esta muerte y
renacimiento, junto al restablecimiento posterior de una nueva forma de funcionar del ego, que éste se convierta entonces en el servidor de lo Divino, dejando ya de
traicionarle.

Laing Combi

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