Reintegrar el Espíritu en el hombre y en la materia y la de crear vida “la vida divina sobre la tierra”. El alto cielo es grande y maravilloso, pero más grande aún y maravilloso es el cielo que se halla en vosotros. Este Edén es el que espera el obrero divino.

Hay muchos modos de poner manos a la Obra; en realidad, cada uno de nosotros tiene una apertura particular para uno será una pieza bien labrada, un deber cumplido; para otro una hermosa idea, un sistema filosófico armonioso, y para otros será una página de música, un río, un amanecer en el mar, y todas son formas de respirar en el infinito.

Pero éstos son breves instantes y nosotros querríamos algo permanente. Son minutos sujetos a no pocas condiciones inapresables, y nosotros querríamos algo inalienable, que no dependiese de condiciones ni de circunstancias, una ventana, en suma, en nosotros, que no volviera a cerrarse nunca.

Pero éstos son breves instantes y nosotros querríamos algo permanente. Son minutos sujetos a no pocas condiciones inapresables, y nosotros querríamos algo inalienable, que no dependiese de condiciones ni de circunstancias, una ventana, en suma, en nosotros, que no volviera a cerrarse nunca.

 

Y como esas condiciones se consiguen difícilmente en la tierra, decimos “Dios”,

“espiritualidad”, “Cristo” y “Buda” y todo el linaje de los fundadores de las grandes

religiones, y todas son formas de alcanzarlo permanente.

 

Mas puede ser que nosotros no seamos hombres religiosos ni espiritualistas, sino hombres simplemente, que creemos en la tierra; hombres que desconfiamos de las grandes palabras, que nos hallamos cansados de los dogmas y que acaso estemos también fatigados de pensar demasiado bien; hombres, en fin, que sólo queremos nuestro pequeño río que corre por el Infinito. Había en la India un santo insigne que durante muchos años, antes de haber alcanzado la paz, hacía a cuantos le salían al paso esta pregunta: “¿Has visto a Dios?… ¿Has visto a Dios?” y se alejaba malcontento porque siempre le respondían con meras historias. El quería ver. Y no carecía de razón, si se toma en cuenta toda la mentira que los hombres cubren con la palabra Dios, como lo hacen también con tantas otras palabras. Cuando nosotros hayamos visto, entonces hablaremos de ello, o tal vez entonces guardaremos silencio.

 

No, nosotros no queremos darnos por satisfechos con meras palabras; nosotros queremos emprender el viaje con todo lo que tenemos desde el punto donde nos encontramos, con nuestros zuecos y el barro que a ellos se adhiere, y también con nuestro rayito de sol en el zurrón de nuestros días buenos, porque esa es, simplemente, nuestra fe. Y luego, bien sabemos que tal como es la tierra no es nada bueno y quisiéramos que cambiara; mas hemos llegado ya a perder la confianza en las panaceas universales, en los movimientos, en los partidos, en las teorías.

 

Emprendemos la marcha en el kilómetro cero, es decir, en nosotros mismos, lo que, ciertamente, no es gran cosa, pero es todo cuanto tenemos, y este trozo de mundo es el que trataremos de cambiar antes de salvar al resto… Pero tal vez no seamos tan inocentes, pues ¿quién sabe si cambiar el uno no sea el medio más eficaz de cambiar el otro?

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