siguiendo paso a paso con él su prodigiosa exploración -su técnica de los espacios interiores, diríamos- se nos conduce al mayor descubrimiento de todos los tiempos, al umbral del Gran Secreto que debe cambiar la faz
del mundo, a saber que la consciencia es un poder. Obnubilados como estamos por la “inevitable” condición científica en que hemos nacido, parece como si el hombre no tuviera otra esperanza que la de la proliferación cada vez más enorme de sus máquinas que verán mejor que él, oirán mejor que él, calcularán mejor que él. Se trata de saber que podemos más que nuestras máquinas, y que esta enorme Mecánica que nos ahoga puede
derrumbarse con la misma rapidez con que ha nacido, sólo con que queramos tomar la palanca del verdadero poder y descender a nuestro propio corazón como exploradores metódicos, rigurosos y lúcidos.

Tal vez entonces descubramos que nuestro espléndido siglo XX se hallaba aún en la
edad de piedra de la psicología, y que con toda nuestra ciencia no habíamos alcanzado
todavía la verdadera ciencia de vivir, ni el dominio del mundo ni el de nosotros mismos; y
que ante nosotros se abren horizontes de perfección, de armonía y de belleza, frente a los
cuales nuestros soberbios descubrimientos son como torpes tentativas de aprendiz.

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