Un Brahmán deseaba tener un hijo varón por presión social, para continuar su linaje, y para tener quien encendiera su pira funeraria en su cremación. Le fue revelado que para obtener un hijo varón debería sacrificar una cabra.

Compra una cabra, la engordo, y se dispuso a sacrificarla.

La cabra, al verlo, se echo a reír y hablo:

–  Yo era un Brahmán en mi encarnación anterior y quise tener un hijo varón; me dijeron que sacrificara una cabra; lo hice, y en mi siguiente encarnación nací cabra. Ahora tú en tu siguiente encarnación serás cabra, y yo seré Brahmán.

El Brahmán dijo.

– Esto habrá que pensarlo mejor. Y dejo a la cabra en paz.

Volvió a sentir el deseo de un hijo varón, y volvió a tomar el cuchillo. La cabra se echo a llorar.

– Me da miedo el morir, y me da pena separarme de mis cabritillas.

El brahmán tuvo compasión y se retiró.

Otra vez se afirmo el deseo de tener un hijo varón, y otra vez tomó el cuchillo y se dirigió a la cabra. Esta vez la cabra no hizo nada ni dijo nada y espero tranquila al brahmán. El brahmán se sorprendió y le dijo:

– La primera vez te reíste; la segunda, lloraste; y ahora no dices nada. ¿Por qué?

– Porque se me han abierto los ojos. La muerte no es nada, y la vida no es nada. El tener hijos no es nada, y el dejar de tener hijos no es nada. El encuentro no es nada, y la separación no es nada. Lo único que importa es el desprendimiento interior en todo lo que hacemos. Haz lo que quieras hacer. Yo estoy en paz. Y deseo que tu también lo estés”.

Cuenta la leyenda que la cabra y el brahmán tuvieron la iluminación en aquel momento y vivieron felices.

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